Esta es difícil de realizar, lo reconozco. Requiere que se combinen bien unas cuantas cosas, sobre todo el escenario y el clima. Pero si lo conseguís cuadrar, el exitazo está asegurado. Os contaré cómo lo hice yo y cada una que lo adapte a sus circunstancias.
Hacía tiempo ya que me rondaba la idea. Lo intenté hacer un día que íbamos a ir a un spa, pero al final no pudimos ir. Me lo había planteado ya en su anterior trabajo, donde sí tenía una cierta intimidad, pero no me atreví, demasiada gente alrededor que hubiera podido pillarme in fraganti.
Por fin encontré el momento perfecto. Él estaba de viaje y volvía por la noche. Yo estaba sóla en casa y me dí cuenta de que, a pesar del buen tiempo, la noche había refrescado un poco. Era el momento perfecto. Le llamé para saber por dónde iba y más o menos a qué hora llegaba. Nada extraño, no le chocó en absoluto, lo he hecho otras veces. Aún me quedaba un ratito para prepararme así que me puse mi lencería más sexy, incluídas las medias con liguero, me maquillé y peiné cuidadosamente, me calcé mis más espectaculares tacones y cuando llegó el momento de bajar a la calle, simplemente añadí un ligero trench negro y me fui a buscarle al garage (un par de manzanas más allá de nuestra casa)
Sólo esperé unos minutos, aunque se me hicieron eternos. Me daba la sensación de que todo el mundo me miraba y sabía que no llevaba apenas nada bajo el trench pero de hecho no se veía nada extraño, en realidad nadie me miraba. Por fin llegó él. Mientras abría la puerta del garage me metí en el coche y, me senté en el asiento del copiloto y el trench se abrió, dejando ver mucho muslo. Me miró con sorpresa. Antes de que llegara a su plaza ya me había desabrochado el botón superior del trench, dejándole ver el encaje de mi sujetador.
Os lo garantizo. Hacerle saber que has ido a buscarlo semidesnuda, paseándote por la calle como si nada, les pone a cien. Probadlo.
martes, 31 de mayo de 2011
jueves, 26 de mayo de 2011
Jugando en el restaurante
Su trabajo la entretuvo más de lo que esperaba y cuando quiso darse cuenta de la hora que era apenas le quedaba tiempo de darse una ducha rápida, un toque de maquillaje y… ¿qué me pongo? Demasiado sexy, demasiado serio, demasiado aburrido… finalmente decidió ponerse juguetona. Ramón todavía no le había visto su último capricho: una falda plisada, con aire colegial pero lo suficientemente corta para excitar su imaginación. Le apetecía un estilo Lolita. Combinó la falda con una sencilla camisa blanca, que podría escotar más o menos al gusto, unas medias finas y un zapato plano. El maquillaje suave, y el pelo, recogido en una sencilla cola de caballo completaban el efecto.
El restaurante escogido por Ramón no podía haber sido más apropiado. Unas pocas mesas, suficientemente separadas entre sí para no resultar agobiantes y, lo más interesante, con largos manteles hasta el suelo que cubrían totalmente las piernas de los comensales.
Nuria no desaprovechó la oportunidad y mientras le preguntaba inocentemente por su trabajo, se descalzó y comenzó a deslizar su pie por la pierna del sorprendido Ramón. La llegada del camarero estimuló aún más su perversión y, mientras hacía su pedido, llegó hasta la entrepierna, donde comenzó un suave masaje al tiempo que el camarero se dirigía a él para conocer su decisión. De nada le sirvió su mirada de súplica. Ella le miraba inocentemente como si no supiera qué le ocurría mientras aumentaba la presión sobre su ya excitado miembro. Tragando saliva, hizo rápidamente su pedido. Cuando por fin se fue el camarero, se volvió hacia ella sin saber muy bien si pedirle que parara o que continuara pero una nueva sorpresa le esperaba. Había aprovechado el momento para desabrocharse un botón de la blusa, lo que le ofrecía una visión realmente interesante de su poderoso escote. Visiblemente nervioso, Ramón miraba a un lado y a otro, pero en realidad, nadie les prestaba la más mínima atención así que decidió relajarse y disfrutar del jueguecito. Justo en ese momento, el pie volvió a bajar por su pierna hasta posarse de nuevo en el suelo. “¿Ya está?” Pensó él, “no irá a dejarme así…”
Pronto descubrió que no. Tras unos minutos de charla intrascendente, durante la cual ella parecía realmente no haber sido partícipe de nada, el camarero se acercó con los platos. Justo entonces volvió a sentir el pie de Nuria, esta vez directamente sobre su pene, todavía erecto. Al menos esta vez no tendría que hablar… pero ni siquiera así le resultó sencillo mantener la compostura. Esta vez el masajito estaba resultando demasiado excitante. Se concentró en poner su mejor cara de póker mientras su novia daba las gracias inocentemente al camarero, de nuevo como si aquello no fuera con ella. No sabía si odiarla o adorarla, pero por el momento bastante tenía con tratar de controlar su excitación. ¡No podía correrse en un restaurante lleno de gente! ¡Y con el camarero al lado! ¿Es que no iba a irse nunca? En la vida le había resultado tan lento el servicio, que si los platos, que si rellenar las copas, que si qué pan prefiere… “¿y yo qué sé?” pensó él. Señaló uno al azar y se concentró en pensar en la bronca que había recibido de su jefe esa misma mañana. Ni por esas, Nuria seguía moviendo rítmicamente su pie por toda su entrepierna y apenas podía ya controlar su cada vez más agitada respiración cuando por fin el camarero se fue y él dejó escapar un gemido apenas audible que excitó aún más a su compañera. Le estaba gustando el juego. Un tanto perverso, quizás, pero le parecía tan divertido… aflojó un poco el ritmo, dudando sobre qué hacer a continuación. ¿Le dejaría relajarse un poco? ¿Continuaría hasta llevarle al orgasmo allí mismo? ¿Sería él capaz de correrse sin llamar demasiado la atención? El camarero aún tardaría un buen rato en volver y las mesas contiguas quedaban lo suficientemente lejos como para no estar enterándose de nada… ¿se arriesgaría?
Ramón entre tanto le miraba con una mezcla de pánico, admiración y, por supuesto, placer contenido. Sentía que no podría aguantar mucho más pero tampoco era capaz de pedirle que parara. Y mientras tanto ella seguía parloteando como si nada… y peor aún, haciéndole preguntas… ¿no esperaría que las contestara? Pues sí, lo esperaba, claro. Cierto que había casi detenido el ritmo de su pie, aunque en ningun momento lo frenaba del todo. Eso le daba un pequeño respiro pero no lo suficiente como para poder llevar una conversación normal. Aún así se esforzó por entrar en el juego y descubrió que cuando se portaba bien y respondía a las preguntas, ella retiraba el pie, dándole un respiro, aunque en cuanto se callaba, el pie volvía a las andadas con más fuerza aún. Por suerte, el plato que había pedido no era muy abundante y pudo dar unos pocos bocados antes de que el pelma del camarero volviera a hacer acto de presencia. Esta vez Nuria tuvo piedad de él y retiró su pie mientras le preguntaba si todo había estado a su gusto. Sin embargo, en cuanto abrió la boca para contestar que sí, de nuevo notó el roce sobre su pierna. Otra vez ascendía, esta vez muy lentamente. Estaban de nuevo solos cuando llegó a su objetivo pero el masaje volvió a empezar, otra vez con mayor presión. Nuria ya se había decidido, lo mantendría en la máxima excitación hasta que trajeran el segundo plato y, en cuanto el camarero se marchara de nuevo, lo llevaría al orgasmo. Así fue. Ramón trataba de ahogar sus gemidos de placer pero no estaba seguro de estar controlando su expresión facial. Nuria sin embargo se mantenía tan tranquila. Hablando de esto y de aquello, contándole anécdotas del congreso, a las que desde luego no conseguía prestar la más mínima atención. Con una mirada de pánico, vio acercarse al camarero. Estaba demasiado excitado, estaba seguro de que esta vez iba a descubrirles. Se concentró en mirar hacia una mesa lejana, eludiendo toda mirada. Por suerte esta vez se retiró rápidamente y, casi sin darle tiempo de relajarse, Nuria acentuó sus movimientos. Ya no podía hacer nada. Estaba a punto de correrse… se llevó la servilleta a la boca, tratando de taparse mínimamente al menos y, ahogando todo lo que pudo el inevitable grito, tuvo que dejarse llevar en un explosivo orgasmo.
El restaurante escogido por Ramón no podía haber sido más apropiado. Unas pocas mesas, suficientemente separadas entre sí para no resultar agobiantes y, lo más interesante, con largos manteles hasta el suelo que cubrían totalmente las piernas de los comensales.
Nuria no desaprovechó la oportunidad y mientras le preguntaba inocentemente por su trabajo, se descalzó y comenzó a deslizar su pie por la pierna del sorprendido Ramón. La llegada del camarero estimuló aún más su perversión y, mientras hacía su pedido, llegó hasta la entrepierna, donde comenzó un suave masaje al tiempo que el camarero se dirigía a él para conocer su decisión. De nada le sirvió su mirada de súplica. Ella le miraba inocentemente como si no supiera qué le ocurría mientras aumentaba la presión sobre su ya excitado miembro. Tragando saliva, hizo rápidamente su pedido. Cuando por fin se fue el camarero, se volvió hacia ella sin saber muy bien si pedirle que parara o que continuara pero una nueva sorpresa le esperaba. Había aprovechado el momento para desabrocharse un botón de la blusa, lo que le ofrecía una visión realmente interesante de su poderoso escote. Visiblemente nervioso, Ramón miraba a un lado y a otro, pero en realidad, nadie les prestaba la más mínima atención así que decidió relajarse y disfrutar del jueguecito. Justo en ese momento, el pie volvió a bajar por su pierna hasta posarse de nuevo en el suelo. “¿Ya está?” Pensó él, “no irá a dejarme así…”
Pronto descubrió que no. Tras unos minutos de charla intrascendente, durante la cual ella parecía realmente no haber sido partícipe de nada, el camarero se acercó con los platos. Justo entonces volvió a sentir el pie de Nuria, esta vez directamente sobre su pene, todavía erecto. Al menos esta vez no tendría que hablar… pero ni siquiera así le resultó sencillo mantener la compostura. Esta vez el masajito estaba resultando demasiado excitante. Se concentró en poner su mejor cara de póker mientras su novia daba las gracias inocentemente al camarero, de nuevo como si aquello no fuera con ella. No sabía si odiarla o adorarla, pero por el momento bastante tenía con tratar de controlar su excitación. ¡No podía correrse en un restaurante lleno de gente! ¡Y con el camarero al lado! ¿Es que no iba a irse nunca? En la vida le había resultado tan lento el servicio, que si los platos, que si rellenar las copas, que si qué pan prefiere… “¿y yo qué sé?” pensó él. Señaló uno al azar y se concentró en pensar en la bronca que había recibido de su jefe esa misma mañana. Ni por esas, Nuria seguía moviendo rítmicamente su pie por toda su entrepierna y apenas podía ya controlar su cada vez más agitada respiración cuando por fin el camarero se fue y él dejó escapar un gemido apenas audible que excitó aún más a su compañera. Le estaba gustando el juego. Un tanto perverso, quizás, pero le parecía tan divertido… aflojó un poco el ritmo, dudando sobre qué hacer a continuación. ¿Le dejaría relajarse un poco? ¿Continuaría hasta llevarle al orgasmo allí mismo? ¿Sería él capaz de correrse sin llamar demasiado la atención? El camarero aún tardaría un buen rato en volver y las mesas contiguas quedaban lo suficientemente lejos como para no estar enterándose de nada… ¿se arriesgaría?
Ramón entre tanto le miraba con una mezcla de pánico, admiración y, por supuesto, placer contenido. Sentía que no podría aguantar mucho más pero tampoco era capaz de pedirle que parara. Y mientras tanto ella seguía parloteando como si nada… y peor aún, haciéndole preguntas… ¿no esperaría que las contestara? Pues sí, lo esperaba, claro. Cierto que había casi detenido el ritmo de su pie, aunque en ningun momento lo frenaba del todo. Eso le daba un pequeño respiro pero no lo suficiente como para poder llevar una conversación normal. Aún así se esforzó por entrar en el juego y descubrió que cuando se portaba bien y respondía a las preguntas, ella retiraba el pie, dándole un respiro, aunque en cuanto se callaba, el pie volvía a las andadas con más fuerza aún. Por suerte, el plato que había pedido no era muy abundante y pudo dar unos pocos bocados antes de que el pelma del camarero volviera a hacer acto de presencia. Esta vez Nuria tuvo piedad de él y retiró su pie mientras le preguntaba si todo había estado a su gusto. Sin embargo, en cuanto abrió la boca para contestar que sí, de nuevo notó el roce sobre su pierna. Otra vez ascendía, esta vez muy lentamente. Estaban de nuevo solos cuando llegó a su objetivo pero el masaje volvió a empezar, otra vez con mayor presión. Nuria ya se había decidido, lo mantendría en la máxima excitación hasta que trajeran el segundo plato y, en cuanto el camarero se marchara de nuevo, lo llevaría al orgasmo. Así fue. Ramón trataba de ahogar sus gemidos de placer pero no estaba seguro de estar controlando su expresión facial. Nuria sin embargo se mantenía tan tranquila. Hablando de esto y de aquello, contándole anécdotas del congreso, a las que desde luego no conseguía prestar la más mínima atención. Con una mirada de pánico, vio acercarse al camarero. Estaba demasiado excitado, estaba seguro de que esta vez iba a descubrirles. Se concentró en mirar hacia una mesa lejana, eludiendo toda mirada. Por suerte esta vez se retiró rápidamente y, casi sin darle tiempo de relajarse, Nuria acentuó sus movimientos. Ya no podía hacer nada. Estaba a punto de correrse… se llevó la servilleta a la boca, tratando de taparse mínimamente al menos y, ahogando todo lo que pudo el inevitable grito, tuvo que dejarse llevar en un explosivo orgasmo.
martes, 24 de mayo de 2011
10 buenas razones para organizar un tapersex en tu casa
1. te encantan los juguetes eróticos y tienes que renovar existencias
2. todo esto te suena a chino y nunca lo has probado
3. te vas a casar
4. te acabas de divorciar
5. hace tiempo que no ves a tus amigas y buscas una excusa para reuniros de nuevo
6. estás organizando una despedida de soltera
7. has oído hablar de algunos juguetes pero te gustaría verlos antes de comprarlos
8. estás hasta el gorro del trabajo y demás rutinas y necesitas echar unas risas
9. tu relación de pareja se está amuermando y quieres recuperar la chispa
10. simplemente te apetece
Si te has sentido identificada con alguna de estas razones, no dejes de escribirme:
elenazaragoza@secretisima.com
jueves, 19 de mayo de 2011
Acababa de colgar el teléfono y no me lo podía creer. ¡Tenía el resto de la mañana libre! semejante acontecimiento había que aprovecharlo. Pensé en irme de compras, me apetecía una buena sesión de tiendas y trapitos pero antes, antes tenía otro capricho que cumplir.
Desconecté los teléfonos, apagué el ordenador y comencé a llenar la bañera de agua calentita y un buen chorro de un jabón aromático que hiciera mucha espuma. Añadí unas gotas de aceite de jazmín y coloqué unas cuantas velas estratégicamente, no quería luces fuertes.
Antes de desnudarme, busqué mi patito vibrador, todo un invento, y lo dejé entre la espuma.
Los aromas de jazmín del jabón y el aceite invadían mi cuarto de baño, despertando mi sensualidad dormida. Me desnudé lentamente, frente al espejo, acariciando mi suave piel mientras la ropa iba cayendo, recreándome en mis esbeltas piernas, en mi vientre, pasando por el pubis casi sin rozarlo. Observé mis pechos, consciente de su efecto sobre los hombres. Apenas rozándolos con las yemas de las dedos, rodeé mis pezones. Noté cómo se endurecían y continué acariciándolos suavemente. Los tomé en mis manos, sintiendo su peso, su textura, la suavidad de su piel.
El agua ya estaba lista.
Me introduje lentamente en la bañera, el agua estaba a la temperatura perfecta y la espuma rodeó rápidamente mi cuerpo, ya erotizado por los preparativos. El patito flotaba a mi alrededor y ya no quise esperar más. Lo puse en marcha y lo llevé directamente hacia mi ansiosa entrepierna. Durante un buen rato, escalofríos de placer recorrieron mi cuerpo casi sin descanso. Entre tanto mi mente vagaba por distintas ensoñaciones. Viejas y nuevas fantasías que no hacían sino incrementar mi excitación. Fantasía o realidad, en ese momento entró por la puerta mi chico. Obviamente lo que vió le gustó y su propia entrepierna reaccionó rápidamente ante mi imagen desnuda, rodeada de espuma y con cara de estar pasándomelo muy, pero que muy bien.
Sin mediar palabra, se desnudó, dejando ver hasta qué punto estaba excitado. Se metió en la bañera conmigo y besándome con furia me sentó a horcajadas sobre él. A pesar de mi ansiedad, no quise correr demasiado, él acababa de llegar, así que me deleité en las nuevas sensaciones. Me gusta notar su polla crecer más y más en mi interior y años de práctica con las bolas chinas me permiten jugar con ella, apretarla y soltarla a mi gusto, haciendo crecer su excitación a mi antojo.
Poco a poco fui aumentando el ritmo de la penetración. Ahora más rápido, ahora más lento. Su cara era ya todo un poema, nunca lo había visto tan fuera de sí, pero no quise liberarlo todavía. Reduje de nuevo el ritmo para darle tiempo a calmarse un poco, sólo lo justo. Otra vez más deprisa, hasta llevarle al límite pero el juego estaba siendo demasiado excitante. Me quedé prácticamente inmóvil sobre él, ejerciendo de nuevo presión con mis músculos vaginales. Con sus ojos me pedía que no parara pero sabía que el resultado merecería la pena. En cuanto volví a montarle con fuerza empezó a gemir, éso me excitó aún más y en segundos un espectacular orgasmo nos recorrió a los dos a la vez.
Desconecté los teléfonos, apagué el ordenador y comencé a llenar la bañera de agua calentita y un buen chorro de un jabón aromático que hiciera mucha espuma. Añadí unas gotas de aceite de jazmín y coloqué unas cuantas velas estratégicamente, no quería luces fuertes.
Antes de desnudarme, busqué mi patito vibrador, todo un invento, y lo dejé entre la espuma.
Los aromas de jazmín del jabón y el aceite invadían mi cuarto de baño, despertando mi sensualidad dormida. Me desnudé lentamente, frente al espejo, acariciando mi suave piel mientras la ropa iba cayendo, recreándome en mis esbeltas piernas, en mi vientre, pasando por el pubis casi sin rozarlo. Observé mis pechos, consciente de su efecto sobre los hombres. Apenas rozándolos con las yemas de las dedos, rodeé mis pezones. Noté cómo se endurecían y continué acariciándolos suavemente. Los tomé en mis manos, sintiendo su peso, su textura, la suavidad de su piel.
El agua ya estaba lista.
Me introduje lentamente en la bañera, el agua estaba a la temperatura perfecta y la espuma rodeó rápidamente mi cuerpo, ya erotizado por los preparativos. El patito flotaba a mi alrededor y ya no quise esperar más. Lo puse en marcha y lo llevé directamente hacia mi ansiosa entrepierna. Durante un buen rato, escalofríos de placer recorrieron mi cuerpo casi sin descanso. Entre tanto mi mente vagaba por distintas ensoñaciones. Viejas y nuevas fantasías que no hacían sino incrementar mi excitación. Fantasía o realidad, en ese momento entró por la puerta mi chico. Obviamente lo que vió le gustó y su propia entrepierna reaccionó rápidamente ante mi imagen desnuda, rodeada de espuma y con cara de estar pasándomelo muy, pero que muy bien.
Sin mediar palabra, se desnudó, dejando ver hasta qué punto estaba excitado. Se metió en la bañera conmigo y besándome con furia me sentó a horcajadas sobre él. A pesar de mi ansiedad, no quise correr demasiado, él acababa de llegar, así que me deleité en las nuevas sensaciones. Me gusta notar su polla crecer más y más en mi interior y años de práctica con las bolas chinas me permiten jugar con ella, apretarla y soltarla a mi gusto, haciendo crecer su excitación a mi antojo.
Poco a poco fui aumentando el ritmo de la penetración. Ahora más rápido, ahora más lento. Su cara era ya todo un poema, nunca lo había visto tan fuera de sí, pero no quise liberarlo todavía. Reduje de nuevo el ritmo para darle tiempo a calmarse un poco, sólo lo justo. Otra vez más deprisa, hasta llevarle al límite pero el juego estaba siendo demasiado excitante. Me quedé prácticamente inmóvil sobre él, ejerciendo de nuevo presión con mis músculos vaginales. Con sus ojos me pedía que no parara pero sabía que el resultado merecería la pena. En cuanto volví a montarle con fuerza empezó a gemir, éso me excitó aún más y en segundos un espectacular orgasmo nos recorrió a los dos a la vez.
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